Editorial

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Venid a ver la sangre de mi memoria herida

Silvia Delgado

Cuando era una niña, en el pequeño pueblo donde vivían mis abuelos, conocí la leyenda de un hombre llamado El Cariñoso, decían de él que era un bandolero, un cuatrero amable al que se encontraban con frecuencia en los bosques o en las aldeas. Con el tiempo supe que El Cariñoso no era un delincuente, sino un guerrillero, un maqui.

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Hay un dolor antiguo, invisible, obstinado, que se derrama torrencial sobre lo cotidiano.

Encontrar el origen de este dolor, llegar hasta su corazón, recordar que hubo quienes fueron capaces de matar sin inmutarse y fueron capaces de justificar la carnicería que hicieron en nombre de dios y de la patria, es urgente.

Recordar que mientras muchos huían otros se quedaban para el expolio y las matanzas, es urgente.

Recordar que, ávidos de gracia, disparaban a quemarropa y después se persignaban, es urgente.

Recordar que por nuestras venas corre sangre mitad heroica, mitad asesina; mitad delatora, mitad víctima, es señalar el lugar de la herida que tanto duele.

Aunque nos desgarremos, las medidas paliativas no son suficientes.

Debemos reconstruir la historia de muchas de las personas que hemos conocido, merecen que la contemos para no olvidarla y explicar que este olvido es un crimen añadido y el origen del dolor que impregna cada uno de nuestros actos.

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Cuando era una niña, en el pequeño pueblo donde vivían mis abuelos, conocí la leyenda de un hombre llamado El Cariñoso, decían de él que era un bandolero, un cuatrero amable al que se encontraban con frecuencia en los bosques o en las aldeas.

Con el tiempo supe que El Cariñoso no era un delincuente, sino un guerrillero, un maqui. 

Conocí también la historia de Manuela, mujer menuda y esquiva, a la que habían rapado el pelo y obligado a caminar por las calles del pueblo cagada, entre escupitajos y pellizcos.

Conocí a Luis, a quien secuestraron a sus dos hijos y murió sin encontrarlos.

Conocí a María, que huyó al exilio y cuando regresó se encontró un país que claudicó y abrazó las mismas razones que la habían perseguido.

Conocí a Perico, cura obrero que fue encarcelado en la cárcel de Zamora, una cárcel exclusiva para sacerdotes contrarios a la dictadura.

Conocí a Iñaki, preso que trabajó forzadamente en la construcción de carreteras.

Conocía a Urbe, niña evacuada a la URSS.

He conocido un largo etcétera de seres humanos a los que de una forma u otra les partieron en dos la vida.

Reescribir sus historias, la de cientos de Cariñosos, de Iñakis, de Manuelas, decir su verdad completa es tarea de todos.

También de las poetas.

Por todos ellos he escrito estos poemas.

Van por ellos mis versos. Por su coraje insobornable. Por su decencia.

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Silvia Delgado se presenta:

Cuando me preguntan cómo llegué a la poesía mi respuesta es: rota y a los 28 años.
A esa edad se produjo un quiebre en mi vida, algo así como una tormenta interior que me sacudió dejándome en ruinas.

En aquel año o en los meses siguientes descubrí que el cordón umbilical que me unía a la vida era la palabra y a través de ella, atravesada por ella, encontré la poesía y me quedé a su lado.

Hora tras hora, semana tras semana, leía voraz y gratuitamente.

En aquellos dos años que me costó encontrar a Silvia entre los escombros, nació un poemario que titulé Y que hablen en mis palabras todas ellas

Y con aquel poemario, sin madurar y sin publicar marché a México, al encuentro de mujeres poetas del País de las Nubes de Oaxaca. Nunca pensé que permitirían a una poeta como yo, (que recién empezaba), compartir con poetas del mundo versos tibios de una mujer de la que nada se sabía.

Sucedió que mis poemas llegaban a la gente, a los jóvenes en las universidades, a los empobrecidos en las plazas. Me sentí unida a todos los que en medio de aquel silencio reverencial se rompían al terminar.

Regresé a casa con el convencimiento de que ese era mi lugar en el mundo. Había nacido dos veces. El último parto de mí misma, sin lugar a dudas, era el de poeta.

Seguí escribiendo, día a día, arrancando horas del sueño y del cansancio, evadiéndome en los trabajos en los que mientras limpiaba casas o cuidaba enfermos o servía cervezas en los bares yo pensaba en los versos que escribiría o en los poetas que iba conociendo.

A los meses de aquel encuentro en Oaxaca, volví a México, esta vez a Ciudad Juárez. Después fui a Argentina, después a Cuba, países que abrazaban mi poesía, personas que se interesaban por mi escritura, por mis libros, por mi manera de interpretar el mundo o la realidad o la palabra.

No dejaba de escribir, había autoeditado un libro, había escrito otro de canciones de cuna, otro de elegías, gané un premio con otro poemario, publicaron otro a mi regreso de Palestina y autoedité Los partos de la bestia.

Cuando vuelvo atrás y recuerdo tantos ojos, tantos pueblos, entonces los silencios que me rodean, se vuelven necios.

Creo que debo continuar escribiendo, no sólo estos poemas que se caen de mis manos desde que vine de Andalucía, también otros, hasta el fin de mis días.

Como decía al principio llegué a la poesía tarde, sin andamiajes académicos. Le doy las gracias por acercarme a la muerte y a la risa y por permitirme saber que la ternura es posible.

Me regaló la voz y me puso a andar en este difícil camino de ser libre.

Reflector / Madrid, 2017 / 70 págs.; rústica; 11x15 cm

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