Editorial

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Washington contra el mundo

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Control, que no liderazgo. En contra de lo que pretenden los gobernantes estadounidenses, lo suyo no tiene nada que ver con un auténtico liderazgo. La calidad de líder se obtiene por consenso. Nadie se convierte en líder porque se imponga a bofetones: son los demás quienes lo elevan a esa categoría.

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Prólogo del libro:

El título de este libro es una caricatura, por supuesto. Y, por ello mismo, parcialmente injusto.

Va de suyo que ésta no es una contienda entre «Washington», de un lado, y «el mundo», del otro.

Para empezar, «Washington» –aun autorizándonos a utilizar el nombre de la capital federal como símbolo de la Administración de los Estados Unidos de América (EUA), cosa ya de por sí bastante problemática– no está solo. Tiene bastantes apoyos, y poderosos, repartidos por el mundo entero. No cabe hablar en rigor de aliados –el término «alianza» sugiere una cierta paridad en la relación, lo que aquí no hace al caso–, pero tampoco puede decirse que se trate necesariamente de meros cónsules del Imperio. Y menos todavía de simples vasallos. La Unión Europea –algunos de sus componentes, en particular–, de un lado, y Rusia y China, cada una del suyo, juegan sus bazas de potencias mundiales de segundo orden, por más que lo hagan a sabiendas de los límites que los EUA han impuesto a sus respectivos campos de acción y eludan excederlos. Otros Estados de menor potencial, pero con peso reconocido en la comunidad internacional –sea por contar con armamento nuclear, sea por tener en sus manos fuentes energéticas importantes, sea por su peso demográfico–, también se esfuerzan por acomodar la corriente general a sus intereses específicos.

«Washington» no es sólo Washington, desde luego.

Tampoco «el mundo» es todo el mundo, por supuesto. Aunque aquí ya haya que andarse con más cuidado a la hora de las objeciones, porque lo cierto es que la actual política del consorcio militar-industrial con sede en Washington representa hasta tal punto un peligro para la inmensa mayoría de los habitantes del planeta –los de Washington incluidos– que no resulta nada exagerado, en aplicación de las leyes estrictas de las mayorías y las minorías, afirmar que está «contra el mundo», en general.

En todo caso, Washington contra el mundo es un buen título –así lo creo yo, al menos– porque caricaturiza la realidad, sí, pero lo hace resaltando los rasgos esenciales de lo retratado, que es lo propio de las buenas caricaturas. Muestra el hecho fundamental de que los dirigentes de los EUA, sobre todo después del 11-S, se han arrogado el derecho a mandar sobre el mundo entero, dictando ellos las reglas, erigiéndose en árbitros de todas las contiendas y mostrándose dispuestos a enfrentarse a todo aquel que se permita poner en cuestión su control absoluto.

Control, que no liderazgo. En contra de lo que pretenden los gobernantes estadounidenses, lo suyo no tiene nada que ver con un auténtico liderazgo. La calidad de líder se obtiene por consenso. Nadie se convierte en líder porque se imponga a bofetones: son los demás quienes lo elevan a esa categoría. Porque suscita su admiración, e incluso su gratitud, debido a la inteligencia, las dotes de mando y la clarividencia que ha acertado a mostrar.

Parece fuera de lugar cualquier pretensión de asociar esas ideas –inteligencia, dotes de mando, clarividencia– con George W. Bush y su staff. Se da por hecho que el tinglado de Bush cuenta con más dinero, más influencias, más capacidad de control, más aviones, más bombas y más agentes a sueldo que nadie. Se le teme (y cuanto, y con cuanta razón). Pero no se le respeta. El respeto se obtiene por aquiescencia, no por miedo. Y aún menos por resignada sumisión.

En ese sentido, bien puede afirmarse que «Washington» está hoy en día escandalosamente solo. Más que nunca, incluso. Salvando algunos espíritus militantemente obtusos, decididos a hacer como que se creen sus propias mentiras y a desenvolverse entre aparentes obviedades y rotundas simplezas, la práctica totalidad de las elites intelectuales, económicas y políticas del mundo reconocen, a nada que se sienten libres de la mirada del ojo público, que la actual clase dirigente de los EUA no tiene ni la categoría ni la preparación –no digamos ya el nivel cultural– que le harían falta para asumir el papel de cabecilla universal que ella misma se ha asignado misil en mano. Hace décadas, los EUA –por muchos y muy graves problemas que tuvieran– transpiraban vitalidad, creatividad, posibilidades. En los más diversos terrenos. Eran un país –casi un continente– en ebullición constante. Ahora, sus espíritus rebeldes han tenido que optar entre el binomio sumisión/autodestrucción (dos modos de llamar a lo mismo) o la marginación. Sus intelectuales críticos apenas consiguen publicar y, cuando lo hacen, sus editores pueden darse por satisfechos si venden lo necesario para cubrir gastos. Su música, su cine, su literatura y su poesía se han desangelado. Se diría que sus artistas tienen miedo a pensar. Y probablemente es eso lo que les pasa.

¿«Washington contra el mundo»? Sí, y probablemente también «El mundo contra Washington». Incluyendo aquí –vuelvo a ello– a toda la buena gente de los Estados Unidos de América que no se acomoda a esa entelequia de rapiña, avaricia, guerra y muerte que hemos identificado con el nombre de Washington, sin que el pueblo de Washington –negro en su mayoría, para empezar– lo merezca.

Como director de colección de Ediciones Foca, es para mí una satisfacción retomar el trabajo de colaboración con el equipo de Rebelión, iniciado hace meses con la publicación del libro ¡Palestina Existe!, que tantas satisfacciones conjuntas nos ha dado (y sigue dándonos), sobre todo por la excelente acogida que ha recibido.

No insistiré en las virtualidades que presenta este trabajo mano a mano entre los mundos del periodismo internáutico y la edición «tradicional», ya explicadas muy adecuadamente por Pascual Serrano en la introducción que sigue a estas líneas. Me conformaré con decir que, para mí, situado ahora a caballo entre las labores de editor y las de periodista, libros como éste materializan una doble satisfacción: la de haber conseguido que se dijera sobre la marcha lo que hacía falta y la de no haber permitido que lo dicho sobre la marcha –tantas veces brillantemente certero– se pierda con el paso de lo inmediato.

He aquí un conjunto de voces rigurosamente analíticas que hablan de lo más grave que puede vivir la vida en hermandad: la muerte en guerra.

Léanlas. Ténganlas en cuenta. Apóyense en ellas para elaborar su propio criterio. No dejen de hacerlo: a todos nos va demasiado en ello.

Javier Ortiz.

Foca / Madrid, 2003 / 318 págs.; rústica; 14x21,5 cm / ISBN 84-95440-40-7

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